El 1,65% que registró el Indicador de Seguimiento a la Economía en febrero no es un mal número en abstracto. Es un mal número en contexto. Cuando los principales gremios empresariales del país, la cámara de comercio bilateral más influyente y una de las firmas de análisis financiero más rigurosas de la región coinciden en que ese crecimiento es insuficiente, desequilibrado y apoyado en un motor que no puede sostenerse indefinidamente, el debate deja de ser sobre la décima porcentual y pasa a ser sobre el modelo. Eso es exactamente lo que ANDI, AmCham Colombia y Credicorp Capital pusieron sobre la mesa esta semana.
El diagnóstico compartido: crecimiento sin base productiva
Bruce Mac Master, presidente de la Asociación Nacional de Empresarios de Colombia, fue el más directo en su lectura. «Los datos de principio de 2026 nos muestran que el país está creciendo a tasas muy bajas», afirmó, y agregó una advertencia que va más allá del dato mensual: el crecimiento actual no solo es insuficiente frente a las necesidades económicas del país, sino que se apoya en un gasto público que considera insostenible en el corto y mediano plazo.
Mac Master también señaló un problema metodológico que agrava el diagnóstico: las revisiones sistemáticas a la baja de las cifras del DANE. El crecimiento de enero, publicado inicialmente en 1,55%, fue corregido a 1,44%. El dato de febrero de 2025, que en su momento se reportó en 1,8%, terminó siendo revisado a 1,3%. «Las revisiones de cifras del DANE nos están mostrando cifras significativamente menores a las originalmente publicadas», señaló el dirigente gremial. Si ese patrón se mantiene, el 1,65% de febrero de 2026 podría ser, en unos meses, un número más bajo.
María Claudia Lacouture, presidenta de AmCham Colombia, aportó la lectura sectorial más precisa: «los servicios empujan, la industria apenas aguanta y las actividades primarias siguen en rojo». Su advertencia central apunta a la calidad del crecimiento, no a su existencia. «Importante que la economía se mueva, pero ojo con confundir mejoría coyuntural con fortaleza estructural», dijo, señalando que el país necesita fortalecer sus bases productivas con más inversión, productividad y sectores dinámicos.
El equipo de Research de Credicorp Capital cerró el triángulo analítico con una conclusión que sintetiza el estado de la economía: el resultado de febrero «consolida una perspectiva de desaceleración económica» en un contexto donde la actividad sigue dependiendo de los servicios y la inversión permanece rezagada. En términos mensuales, la economía apenas avanzó 0,5% — un impulso que Credicorp califica como débil.
La anatomía del desequilibrio: quién crece y quién no
Los números sectoriales del ISE de febrero revelan una economía que no crece de manera uniforme — y donde los sectores que más aportan al empleo formal y a la inversión productiva son precisamente los que menos dinamismo muestran.
Las actividades terciarias — servicios, comercio, transporte, administración pública, educación y salud — crecieron 2,55% anual y aportaron la mayor parte del avance. Dentro de ese bloque, los servicios de administración pública, educación y salud registraron el mayor crecimiento individual: 3,40%. Traducido a lenguaje directo, el Estado fue el principal motor de la economía colombiana en febrero.
Las actividades secundarias — industria manufacturera y construcción — apenas avanzaron 0,40%. Para una economía que necesita generar empleo formal de calidad y atraer inversión de largo plazo, este es el número más preocupante del reporte. La industria manufacturera tiene encadenamientos productivos con prácticamente todos los sectores de la economía — desde el agro hasta el comercio — y cuando no crece, su debilidad se transmite en múltiples direcciones.
Las actividades primarias — agricultura y minería — retrocedieron 2,08%, jaladas principalmente por la explotación de minas y canteras. Este retroceso tiene consecuencias que van más allá del dato sectorial: la minería y el petróleo representan una proporción significativa de las exportaciones colombianas y de los ingresos fiscales vía regalías. Cuando este sector cae, la presión sobre las finanzas públicas aumenta en el mismo momento en que el gasto público está siendo el principal sostén del crecimiento — una contradicción estructural que no se resuelve en el corto plazo.
Las regiones que sienten el desequilibrio con mayor intensidad
La desagregación sectorial del ISE permite inferir una geografía del crecimiento que no es neutral. Los departamentos y regiones cuya actividad económica depende de los sectores que lideran el resultado — servicios públicos, comercio urbano, administración estatal — se benefician del impulso actual. Los que dependen de los sectores rezagados enfrentan un entorno significativamente más difícil.
Las regiones minero-energéticas son las más expuestas al retroceso de 2,08% en actividades primarias. Los Llanos Orientales — Meta, Casanare — y los departamentos productores de carbón como Cesar y La Guajira enfrentan una combinación de menor actividad extractiva, presión sobre el empleo local y reducción de los recursos de regalías que financian inversión pública regional. En el Caribe, donde la minería del carbón es un motor económico relevante, el impacto se suma a una región que ya venía con indicadores de desempleo por encima del promedio nacional.
Las grandes áreas metropolitanas — Bogotá, Medellín, Cali, Barranquilla y Bucaramanga — absorben mejor el ciclo actual porque su estructura económica está más orientada hacia los servicios, el comercio y la administración pública. El salto en la confianza del consumidor que Fedesarrollo reportó para Medellín en marzo, con un avance de 10,5 puntos porcentuales, es consistente con un entorno urbano donde el sector servicios está generando actividad.
Las regiones con mayor dependencia de la industria manufacturera — el Eje Cafetero, el Valle del Cauca y el corredor industrial entre Bogotá y Medellín — sienten con más fuerza el avance de apenas 0,40% en actividades secundarias. Para ciudades como Manizales, Pereira, Armenia y Cali, donde la manufactura representa una proporción relevante del empleo formal, el estancamiento industrial se traduce en menor generación de trabajo de calidad y menor dinamismo en la inversión privada local.
Las proyecciones y el factor electoral
Credicorp Capital mantiene su previsión de crecimiento del PIB para 2026 en 2,5%, con una proyección de 2,3% para 2027. Ambas cifras están por debajo del potencial de largo plazo que los economistas estiman para Colombia — generalmente ubicado entre 3% y 3,5% — lo que implica que la economía seguirá operando con capacidad instalada subutilizada durante al menos dos años más.
La firma señala que el crecimiento de 2026 dependerá en gran medida del resultado electoral — una variable que introduce un nivel adicional de incertidumbre sobre las decisiones de inversión privada. En un entorno donde la incertidumbre regulatoria ya es identificada como uno de los principales frenos a la inversión, agregar incertidumbre política al cálculo empresarial reduce aún más la probabilidad de que el sector privado reactive su gasto de capital en el corto plazo.
El consumo privado, según Credicorp, seguirá siendo el motor central de la actividad durante todo 2026, apoyado en mayores salarios reales, remesas y transferencias. Pero el consumo privado como motor principal tiene un límite estructural: no genera la inversión en capacidad productiva que la economía necesita para crecer de forma sostenida por encima del 3%.
El problema de fondo: inversión privada ausente en el momento equivocado
El análisis convergente de ANDI, AmCham y Credicorp apunta a un mismo nudo estructural. Colombia está creciendo, pero lo está haciendo con el motor equivocado en el momento equivocado. El gasto público puede sostener el crecimiento en el corto plazo — y los datos de febrero demuestran que lo está haciendo — pero tiene tres limitaciones que lo hacen insostenible como motor principal de mediano plazo.
Primero, el espacio fiscal es limitado. Con un déficit fiscal que el Gobierno ha tenido dificultades para reducir al ritmo proyectado y con ingresos minero-energéticos bajo presión, la capacidad de mantener el nivel de gasto que está sosteniendo el crecimiento actual no es indefinida.
Segundo, el gasto público en servicios de administración, educación y salud — que fue el componente de mayor crecimiento en febrero con 3,40% — genera actividad económica pero no construye capacidad productiva de la misma forma que la inversión privada en industria, infraestructura o tecnología.
Tercero, la inversión privada, que es el componente del PIB con mayor capacidad de generar crecimiento sostenido, sigue rezagada por una combinación de factores que Mac Master, Lacouture y Credicorp identifican de forma consistente: tasas de interés altas, incertidumbre regulatoria, entorno político complejo y una percepción de riesgo que no se corrige con un dato mensual favorable.
El PIB del primer trimestre de 2026, que el DANE publicará en las próximas semanas, será el termómetro definitivo para confirmar si el repunte de febrero tiene fundamentos o si es una pausa dentro de una tendencia que aún no ha encontrado su piso. Lo que los gremios y analistas ya están diciendo es que, independientemente de ese número, el diagnóstico estructural no cambia: Colombia necesita un crecimiento que no dependa del Estado para existir.















